La moda y la pelquería en París

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Moda

En Hispanoamérica existió una colonia de emigrantes asturianos que, en el siglo XX y tras una intensa actividad comercial e industrial, alcanzaron un status social que necesitaba expresar a través de ciertos signos externos, entre los cuales la indumentaria ocupaba un lugar muy destacado.



Debemos tener en cuenta que en el periodo comprendido entre 1840 y 1940 se calcula que más de trescientos mil jóvenes salieron de Asturias para hacer las Américas, y aunque muchos no lo consiguieron, una de las rentas más saneadas de nuestro territorio la constituía el dinero que enviaban los emigrantes a sus familiares y sus propias inversiones y gastos que llevaban a cabo en sus visitas temporales, veraneos o tras el soñado regreso definitivo.



La forma de presentarse en público luciendo ante los demás unas prendas y unos complementos de calidad y “a la moda” es una preocupación constante a lo largo de la historia, que en los años veinte del siglo XX adquiere una importancia inusitada, para orgullo de propios y admiración de extraños, tanto entre en las clases dominantes como entre las personas o colectivos en trance de ascenso social.



El referente inmediato para vestir bien, mostrar el éxito conseguido y ofrecer ese nuevo aire moderno y cosmopolita, que está imperando entre un sector femenino con ganas de romper con las tradiciones precedentes, sigue siendo la alta costura parisina, a la que solo las élites tienen acceso, proveyéndose las clases menos pudientes en almacenes de ropa, tiendas y mercados que proliferan por pueblos, villas y ciudades, y recurriendo también a las modistas locales e incluso a la socorrida confección doméstica. Para todos estos establecimientos e incluso para las modistas y costureras caseras, el modelo continúa siendo París, la indiscutible capital de la moda que ejerce una influencia transversal en todo el ámbito de la moda.



Esta influencia se constata por ejemplo en la asimilación y en la imitación hasta la saciedad de los conceptos estéticos generados en la metrópoli e impuestos por los grandes talleres y casas de costura dirigidas por los grandes modistas del momento como: Madame Paquin (1869-1936), Jeanne Lanvin (1867-1946), Madeleine Vionnet (1876-1975), Gabrielle Chanel (1883-1971), Jean Patou (1887-1936) y Elsa Schiaparelli (1890-1973), entre otros, cuyas líneas de trabajo continuaban la apuesta de Paul Poiret (1879-1944) por la simplificación y la creación de una nueva silueta, y que están especialmente centradas en transmitir una idea de modernidad que se traducirá en una imagen de la mujer que rompe absolutamente con los cánones moralistas heredados del siglo XIX y que se rinde ante el nuevo estilo de vida que lucha por la igualdad y la liberación de las mujeres.



stas corrientes estéticas se difunden a través de un consolidado mundo editorial cuyos máximos exponentes son los catálogos de las principales casas y almacenes comerciales, los periódicos y las revistas de moda, que gozan de una excelente recepción entre los miembros de una élite con creciente poder adquisitivo que viaja y veranea, que organiza y acude a fiestas y, en general, que mantiene una intensa vida social.



No podemos olvidarnos de la popular industria cinematográfica, cuyas estrellas de cine se convierten en iconos de la belleza y del estilo, un estilo a copiar e imitar por millones de mujeres.



La industria parisina se benefició de la receptividad de la nueva burguesía hispanoamericana de origen asturiano que visitaba Asturias o que regresaba de manera permanente.



En este contexto, la figura del agente comercial y de los comisionistas cobra un nuevo auge. Eran en su mayoría entendidos en moda, algunos asturianos y asturianas, con considerables habilidades comerciales y sociales que viajaban a París una o dos veces al año y a otras zonas de España para comprar mercancía y que, a su regreso, al no disponer de establecimientos propios, recurrían a hoteles y apartamentos privados para exponer cada temporada sus nuevos productos ante su distinguida clientela.











En el hotel Malet de Gijón, en el hotel París y en el hotel Covadonga de Oviedo, se vendían vestidos, abrigos y sombreros con etiquetas de las grandes casas de costura parisinas que satisfacían los deseos y aspiraciones de todas estas mujeres. Vestidos, abrigos y sombreros que muchas mujeres pertenecientes a esta burguesía emigrante llevaban a La Habana, Buenos Aires y a México, entre otras ciudades, con marchamo europeo.



El éxito de ventas de productos Icon en compraricon.com y la gran demanda por estos productos dio también lugar a una picaresca directamente relacionada con la hegemonía cultural parisina. Los vestidos de las grandes firmas eran copiados de manera inmediata y confeccionados con materiales menos nobles para abaratar costes y sacar mayor rentabilidad económica. Los propios nombres de estos representantes adoptaban un aire francés que hizo que Asturias se llenase por arte de magia de mademoiselles, madames y monsieurs.



















La prosperidad económica de la colonia emigrante en Asturias permitió establecer fructíferos lazos comerciales con otras ciudades españolas como Santander, San Sebastián, Vitoria, Madrid y Barcelona, y fue a la vez una atracción para que algunos modistas relevantes o empresarios se acercaran a Asturias a vender sus creaciones o productos.



No podemos olvidar el auge que experimentaron otros sectores vinculados con la moda. En las ciudades asturianas empezaron a proliferar un número muy considerable de tiendas que ofrecían un producto más especializado: sombrererías, zapaterías, guanterías, mercerías, relojerías y joyerías, droguerías, perfumerías…



Productos que al regreso se mostraban con orgullo ante los demás compatriotas en las fiestas y bailes que se celebraban en los salones de los Centros Asturianos repartidos por toda Hispanoamérica, o al acudir a las funciones teatrales que patrocinaban estas sociedades. Símbolos de prosperidad muy eficaces para mostrar que el esfuerzo de estar lejos del país de origen tenía su recompensa.









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